Sé que ha pasado tiempo tras fallas y que aún teníamos pendiente la segunda parte de Luna de Sangre, pero la preparación de los Opens y demás han hecho que esta entrada se retrasara. Pediros disculpas por el retraso, esperamos que os gusten las próximas reseñas.
Con la noche encima de los soldados y la otra casa como único lugar al que ir, había que tomar decisiones. Los soldados se agruparon y decidieron investigar. Sigilosamente se acercaron y tocaron a la puerta de la casa, siendo respondidos en francés. Sin James cerca, no había manera de entenderlos, pero seguía saliendo un espeso y negruzco humo de la chimenea. Tras un breve debate, decidieron entrar a sangre y fuego en la casa. La escena tomó tintes dantescos: una mujer quemaba en la chimenea uniformes de soldados de todo tipo. Al entrar dentro a impedírselo un aldeano escondido disparó a bocajarro al cabo Smith, hiriéndole de gravedad. El sargento Abraham le devolvió los disparos acabando con su vida, y el resto de soldados decidieron sacar fuera a la mujer y atarla para que no se escapara. Revisar los uniformes dio muchas más preguntas, ¿por qué los uniformes eran de todos los bandos? ¿Por qué había uniformes alemanes? Solamente Murdoc encontró su uniforme, ¿habían quemado el resto?

La mujer, atada fuera, miró a los soldados y los maldijo, los maldijo mientras que de su boca y oídos salieron cientos de miles de insectos que volaron en todas partes antes de caer muerta. Estáis condenados, fueron sus últimas palabras antes de fallecer. La poca cordura que podía quedarle a los soldados se escapaba por el sumidero de la irrealidad que estaban viviendo. En la casa principal, donde habían estado todo el tiempo, un alarido partió el silencio. Todos fueron corriendo para ver que podía haber sucedido esta vez, y de nuevo lo macabro se cruzaba en el camino de los soldados: Gerard y Miller, los dos únicos supervivientes de la trinchera que no pertenecían a la 36 de Yorke, habían desaparecido. Un rastro de sangre y vísceras manchaba las paredes. El rehén alemán estaba fuera de si, y señalaba un agujero en la pared, ¿como podía haber un agujero si no se había escuchado explosión alguna? ¿Era la sangre de los dos desaparecidos? La situación estaba fuera de control y requería medidas extremas. Decidieron dar un rifle al rehén, para que pudiera defenderse, ya que era inutil pensar que pudiera escaparse sin tener abrigo ni protección. Alguna. Las luces volvieron a brillar, como cuando llegaron. Y, al ir a investigar, McAllister volvió con noticias: un pequeño grupo de alemanes bajaba la colina. Se ató de nuevo al rehén, para evitar que escapara. Tocaba armarse y tomar posiciones.
Los soldados se asentaron como pudieron. Mientras, el enemigo descendía silenciosamente la colina, alerta ante la situación de encontrarse un pueblo así. El primer problema surgió pronto, cuando la ametralladora se partió impidiendo poder hacer barrido. Un disparo en la noche, un soldado que cae. La escaramuza silenciosa se ve alterada por la niebla que empieza a levantase, levemente. Un francotirador abate a Smith. El sargento Abrahams logra avanzar hacia donde estaba y acaba con él. Luego, en un acto de valentía, lanza una granada que acaba con otro soldado. James se deshace de otro más. El teniente Pearson cae, y un culatazo lo deja inconsciente. Mientras todo esto sucede el rehén, atado en la casa, observa lo que nunca volvería a olvidar: del agujero abierto en la pared entraba una gran araña, con un gran y único ojo en él. Lucha con todas sus fuerzas por liberarse, y tras conseguirlo huye sin saber que está pasando ni como es posible que exista una criatura así. Al ver a sus compatriotas, huyó con uno de ellos y se escondió con él en la casa, creyendo que estaría a salvo.

La niebla se levanta del todo, y el resto de soldados vivos huyen a las casas. De las colinas, unos grandes escarabajos alados descienden con un zumbido muy intenso y recogen los cadáveres. La escena acaba de romper la fragil mente de los supervivientes. Fuego llama al fuego, es el momento de entrar en la Iglesia. Sea lo que sea lo que sucede, allí dentro ha de estar la respuesta. Volvieron a la casa principal a reabastecerse, volver a ponerse algún uniforme que les sirviera de la pila de uniformes que estaban quemando y curarse las heridas de la refriega. Los planes se dieron totalmente la vuelta de una manera asombrosa cuando las puertas de la Iglesia se abrieron y los aldeanos salieron fuera de sí, como si hubieran sido dominados por una rabia sobrenatural, atacando a los dos más heridos que eran el teniente y el cabo. Tras un tiroteo demasiado intenso para la mente de los soldados, la realidad de donde estaban se les rompió desde el momento que presenciaron algo increíble: de la cabeza de los aldeanos escaparon unos alargados gusanos, como ciempiés pero de un tamaño que costaba creer que hubieran cabido en esa cabeza. Ese fue el último estallido de locura en sus cabezas. Decidieron acabar con todo, derrumbar la puerta de la iglesia y ver que estaba sucediendo allí dentro.

Mi-Go
Pusieron los morteros en la puerta de la iglesia y con la ametralladora, a una distancia prudencial, descargaron todo su arsenal ofensivo contra los explosivos. La puerta salió volando y acabó con los aldeanos que quedaran dentro. Una tremenda polvareda fruto de la detonación se levantó en la iglesia, y cuando ya pudieron distinguir el interior, vieron al sacerdote de pie, esperándoles, increpándoles por haber profanado de semejante manera la casa del señor, mientras tapaba con su cuerpo un gran bote de cristal en el que varios ciempiés enormes se retorcían intentando escapar. El momento de tensión, de discusión, de nervios fue creciendo hasta que uno de los soldados, loco de ira, vació su cargador contra el sacerdote, cuyo cuerpo cayó inerte junto a ellos. Todo aún no había acabado. Tras el altar de misa, una losa del suelo con un par de agarraderas dejaba entrever que algo más podía haber allí abajo. Tras abrirla, una escalinata estrecha descendía hacia lo que parecía el sótano de la iglesia, pero algo más había allí abajo, pues por doquier se podían ver tuberías, luces extrañas y aparatos que parecían venir de una gran máquina con tubos que se adentraban en la tierra. Una gran chimenea adornaba la maquinaria, y cerca de la entrada ropajes de todo tipo estaban apilados, presumiblemente de los aldeanos que una vez habitaron el pueblo. Rebuscando encontraron un diario del alcalde, con la última entrada de hace más de 40 años. ¿Qué clase de locura era esta? ¿Como podía explicarse todo lo que había sucedido?
Tras la demencial odisea vivida, era el momento de tomar las riendas de la situación. El sargento Abraham y el cabo Smith abogaban por ir a explorar a la mina, pues tal vez todo lo que había sucedido tuviera explicación allí. El teniente Pearson y el resto del sobrante pelotón (James, McAllister y el rehén alemán) decidieron salir de la aldea, emprender la marcha y, con suerte, encontrar una aldea donde resguardarse y pedir auxilio. Cada grupo decidió ponerse en marcha cuanto antes, y tras desearse suerte mutuamente emprendieron la que sería la última marcha de sus vidas.

El sargento Abraham y el cabo Smith subieron por el retorcido camino que llevaba a la mina, a través de la falda del risco que protegía el pueblo. Al llegar a la puerta un extraño elevador, preparado como para activarse por empuje de bestias de carga les esperaba. Descendieron hasta lo más profundo de la mina y allí les esperaba algo que nunca jamás habían visto: unos largos pasillos metálicos, con un metal de tacto frío y caliente al mismo tiempo, e iluminados por una especie de electricidad extraña. Caminaron y vieron tubos de ensayo de gran tamaño, con gente que parecían aldeanos dentro de los tubos flotando en una sustancia acuosa. Las mentes de los soldados se rompieron cuando vieron uno de los grandes ciempiés que habían visto en el pueblo, pero de un tamaño mucho más grande, manipulando unos controles de los tubos sin darse cuenta de que ellos habían llegado hasta allí. Tras liquidarla empleando las pocas balas que les quedaban avanzaron hasta llegar a una gran bóveda llena de agujeros. Ante sus ojos aquel lugar era lo más parecido que podían tener esas criaturas insectoides a un criadero. La única solución era volarlo por los aires. Abraham utilizó las dos granadas que le quedaban, pero eran poco material para un espacio tan grande y alertaron al resto de criaturas que salieron de sus orificios persiguiéndoles, intentando abalanzarse sobre ellos con sus pinzas y acabar con sus vidas. Smith cayó el primero, tras ser cegado por el veneno de esas alimañas. Abraham vació su cargador sobre ellas, pero nada pudo hacer por salvar su vida.
El teniente y sus muchachos caminaron durante horas a través de la espesa nieve, de caminos que no se podían distinguir y rodeados del blanco de la nevada que no paraba en ningún momento. Aunque se sentían congelar, aunque sus mentes colgaban de un fino hilo, no pararon de caminar hasta que llegaron a un campamento alemán totalmente abandonado, ¿habrían salido de allí los alemanes? Durmieron como pudieron dentro de un tanque abandonado y cuando se despertaron prosiguieron el camino. Ni siquiera ellos recuerdan cuando cayó el teniente Pearson, ni en qué estado llegaron a aquella aldea alemana. Solamente cuando fueron despertados por soldados alemanes recordaron parte de lo sucedido. Solamente entonces, decidieron que lo que habían visto no podía ser posible.
